Día 87/365

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Día 87/365. Hoy me voy a extender un poquito con lo que escribo, pero creo que vale la pena hacerlo (y leerlo). Desde que Dante era muy pero muy chiquito, siempre tuvimos la costumbre de saludar la llegada del día. Ya conté que la salida del sol es la señal que tenemos a diario que nos indica que es hora de partir rumbo al colegio, pero esta semana y la que viene, mi hijo está de vacaciones y aun así, le gusta despertarse temprano y continuar con ese ritual que tenemos entre él y yo. Cuando era un enanito que apenas se podía sostener en pie, las palabras mágicas eran “¿vamos a encandilarnos?” y nos íbamos abrazados a la ventana a abrir las persianas para dejar entrar la luz del día. Por lo general, los perros ya lo estaban esperando y al verlo aparecer en la ventana, correteaban para llamar su atención. Él se paraba en el marco y saludaba al día. Saludaba a los perros, al pasto, los árboles, al auto, a la vecina que cruzaba caminando presurosa a tomar el bus que la llevaba al trabajo, al gato de la casa del al lado que siempre estaba de invitado, al cielo, los pajaritos, las flores, en fin… Saludaba, contento porque llegaba el día. Ese era el ritual de todas las mañanas y no nos importaba si había sol, si estaba lloviendo o si estaba lindo y después se nublaba. Nosotros saludábamos al día y le dábamos las gracias por que nos encontrara otra vez juntos. Al día de hoy, seguimos repitiendo ese ritual y esta mañana, juntos, saludamos la salida del sol. No hay mejor desayuno que ese, sépanlo.

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