flandrien

Que el culote no te impida ser flandrien o flandrienne

Espero que nuestros lectores flamencos perdonen nuestro atrevimiento al usar un término tan suyo para dar nombre a uno de nuestros productos. Al menos es un culote de ciclismo sobrio y clásico, muy flandrien, de color negro con un pequeño logo de Siroko en blanco. Pero, ¿qué es un flandrien o flandrienne para que, con todo el respeto, nos disculpemos ante los habitantes de Flandes?

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El primero en usar el término flandrien para referirse a un ciclista fue el periodista deportivo Karel Van Wijnendaele (nombre real Carolus Ludovicus Steyaert). Lo hizo a comienzos del Siglo XX, primero en crónicas locales y más tarde en el periódico Sportwereld. Para Van Wijnendaele un Flandrien era un ciclista que corría al ataque, físicamente potente y con una perseverancia y resistencia mental a prueba de Valones. La dura infancia de Carolus, trabajando para comer al servicio de familias acomodadas francófonas, influyó en su visión del carácter de los ciclistas flandrien. Así lo escribió en 1942: «El dominio de los flandriens sobre los franceses se debía a que eran hijos de personas sometidas a la esclavitud, obligadas a trabajar para conseguir sobrevivir. […]. Por eso nunca hemos flaqueado […]. Si les damos demasiadas facilidades a nuestros hijos, no les podremos criar con el suficiente rigor o con la exigencia necesaria.”

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Por contra, los reporteros de habla francesa no tenían la misma opinión sobre los flandriens. Los calificaron como salvajes por su comportamiento agresivo y poco limpio sobre la bicicleta. Seguramente muy influenciados por la connotación negativa que a comienzos del siglo XX tenían los trabajadores estacionales flandrien que viajaban desde Flandes Oriental y Occidental a trabajar en Valonia y el norte de Francia. Este matiz es importante. Por entonces un flandrien no era cualquier persona nacida en Flandes. Un flandrien era un flamenco nacido en Flandes Oriental y Occidental, dos de las cinco provincias que componen la región flamenca actual, pero que históricamente son el núcleo central del antiguo Condado de Flandes.

El contexto histórico influye. Estamos en los albores de la Gran Guerra, en plena exaltación de símbolos, culturas, naciones… así que lo que para los francófonos eran salvajes para Karel Van Wijnendaele eran héroes, la personificación del pueblo flamenco: pobres, pero fuertes y con una fuerza de voluntad inquebrantable. 

Por otro lado, la bicicleta estaba en pleno auge. Como medio de transporte popular y también como una opción de vida gracias a las carreras ciclistas. Para muchos jóvenes flandrien, condenados a una vida de trabajo duro, suponía una oportunidad para salir del barro. Cyrille van Hauwaert fue uno de ellos. Nacido en Moorslede (Flandes Occidental) quedó segundo en la París-Roubaix de 1907 y dos semanas después ganó la Burdeos-París. Al año siguiente ganó la Milán-San Remo y conquistó el infierno del norte. Rico y famoso. Ídolo y modelo a seguir para muchos coterráneos con aspiraciones, pero había que salir de Flandes para competir porque en aquel momento la región flamenca no era el hervidero de carreras actual.

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Esto se soluciona en parte con la primera Vuelta a Bélgica (Tour of Belgium o Baloise Belgium Tour) celebrada en 1908 y sobre todo con el primer Campeonato de Flandes (Kampioenschap van Vlaanderen o Koolskamp Koerse) celebrado también en 1908. No es casualidad que el mismo día que se celebraba la edición de 1912 de esta carrera puramente flamenca saliera a la luz la primera edición del Sportwereld en el que escribía Van Wijnendaele. Pocos meses después de que Odile Defraye, un flandrien de pura cepa nacido en Roeselare (Flandes Occidental), ganase el Tour de Francia. El impulso necesario para que se fraguase el primer Tour de Flandes celebrado en 1913 y organizado por el diario Sportwereld, con Leon Van den Haute al mando. El objetivo, además de vender periódicos, era extender y exaltar el orgullo flamenco. 

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324 kilómetros con salida en Gante y final en el velódromo de Mariakerke, pasando por San Nicolás, Aalst, Oudenaarde, Kortrijk, Veurne, Oostende, Roeselare…todo sin salir de Flandes Oriental y Occidental, y sin las subidas con adoquines que ahora son seña de identidad de la carrera. El ganador fue el flandrien Paul Deman cuya historia más allá del ciclismo daría para una película de espías. 

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La participación fue escasa y el nivel bajo. Aunque Deman corría con el equipo francés Automoto, Van Wijnendaele acusó a los equipos franceses de prohibir a sus corredores belgas participar en la carrera. El hecho es que grandes ciclistas belgas del momento como Marcel Buysse, que venía de quedar tercero en el Tour de Francia ganando 6 etapas con el equipo francés Alcyon-Soly, o los mencionados Defraye y van Hauwaert no participaron en la primera edición. 

Al año siguiente, Marcel Buysse no siguió las instrucciones de su equipo y ganó la segunda edición. Un buen empujón para los flandrien y el sentimiento flamenco que empezaba a ver como sus grandes ídolos no solo ganaban en Francia, sino también en casa. Hubo que esperar 5 duros y sangrientos años para volver a ver a los ciclistas. Tras el fin de la Gran Guerra el Tour de Flandes no ha parado jamás, ni durante la 2ª Guerra Mundial. Por el camino ha sufrido muchos cambios, dificultades y polémicas hasta ser lo que es hoy en día: El evento deportivo internacional más importante del año en Bélgica y sobre todo en Flandes (en 2014 la carrera tuvo un “share” en Flandes del 71%). 

Aunque algunas competiciones ya existían antes, poco a poco se originó el firmamento de carreras que ha llegado hasta nuestros días. Desde las pequeñas de cada localidad hasta todas las clásicas y semi clásicas pasando por el apretado calendario del ciclocros. Y en el entorno, un sinfín de grupos locales, clubs de fans, equipos profesionales… los flamencos encontraron en el ciclismo su deporte. Principalmente porque los flandrien destacaron y ganaron desde el comienzo y eso llenaba y vendía periódicos como el Sportwereld o el Het Nieuwsblad, dando que hablar en las calles y en el puesto de trabajo.

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Si repasamos la historia de las grandes competiciones ciclistas encontraríamos nombres flamencos como Lucien Buysse, Marcel Kint, Jef Scherens, Briek Schotte, Fred De Bruyne, Rik I (Rik Van Steenbergen), Rik II (Rik van Looy, El Emperador de Herentals),  Roger De Vlaeminck, Freddy Maertens, Lucien Van Impe, Eddy Merckx, Johan Museeuw… podríamos intercalar muchos más y continuar hasta hoy en día, pero solo estos nombres explican por qué el ciclismo es más que un deporte en Flandes.

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El ciclismo para los flamencos forma parte de su cultura, para muchos es casi una religión, con todo lo que ello significa. Pero también se ha ido convirtiendo cada vez más en un negocio que hay que promocionar internacionalmente para sacar la mayor rentabilidad. No podía ser de otra forma tratándose de una de las regiones más pujantes de Europa. Esto genera puntos de fricción entre ortodoxos y heterodoxos por cuestiones en las que se entremezcla lo deportivo con lo cultural. Por ejemplo con el uso del término que nos ocupa. Flandrien empezó usándose solo para ciclistas nacidos en Flandes Oriental u Occidental, después con todos los flamencos, más tarde con cualquier ciclista nacido en Bélgica y cuando se creó el galardón Flandrien Of The Year (2003) el público eligió a Paolo Bettini, un italiano. Si Karel Van Wijnendaele hubiese estado vivo, seguramente su columna en el Het Nieuwsblad hubiese levantado más polémica que la que escribe Patrick Lefevere hoy en día.

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Quizás Carolus pensó que sus paisanos eran seres superiores y que ningún ciclista fuera de Flandes tendría las características con las que definió a un flandrien. Se confundió. El ciclismo está lleno de luchadoras y luchadores. Ciclistas de cualquier parte del mundo que, sean cuales sean las condiciones y las circunstancias, no se rinden, corren al ataque, derrochan potencia y tienen tanta resistencia mental como física. Los flamencos que aman el ciclismo más allá de las nacionalidades lo saben. Para ellos la internacionalización del término flandrien, usándolo para definir a ciclistas como Bettini o Cancellara, no es una ofensa sino todo lo contrario. Ensalza y ennoblece el espíritu flandrien. Por eso ciclistas de todo el mundo viajaron y viajan a Flandes intentando abrirse camino en el ciclismo profesional. Tal y como hizo un jovencito americano a comienzos de los 80 para demostrar que, además de un motor espectacular, también era tenaz. 3 años después se convirtió en el primer Campeón del Mundo no europeo y en 1986 hizo lo mismo ganando su primer Tour de Francia. Su nombre, Greg LeMond.

Ya puestos, seamos aún más atrevidos. El mundo del ciclismo está lleno de luchadoras y luchadores así que cualquier ciclista puede ser una flandrienne o un flandrien. La que se sube a la bici después de terminar su jornada de trabajo y hace un entreno de intervalos para al día siguiente levantarse temprano e ir a trabajar. El que ha decidido ponerse en forma y comienza a dar pedales sintiendo que se le va a salir el corazón del pecho en cada cuesta, pero no se rinde y en unas semanas ya es capaz de hablar en la misma subida. Cualquiera. Y si te parece poco y quieres ser aún más flandrien, ahí tienes el Flandrien Challenge. Recorre en 72 horas los 59 segmentos con los berg y tramos adoquinados más famosos de Flandes y tu nombre quedará grabado en piedra en el salón de la fama del Centro del Tour de Flandes (Centrum Ronde van Vlaanderen). A saber lo que diría Van Wijnendaele, pero que el culote no sea una excusa para ser una flandrienne o un flandrien.

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